La cumparsita Si
supieras que aún dentro de mi alma conservo aquel cariño que tuve para ti. Quien sabe si supieras que nunca te he olvidado volviendo a tu pasado te acordaras de mi. Los amigos ya no vienen ni siquiera a visitarme nadie quiere consolarme en mi aflicción. Desde el día que te fuiste siento angustias en mi pecho, decí percanta: ¿Qué has echo de mi pobre corazón?
Al cotorro abandonado ya ni el sol de la mañana asoma por la ventana, como cuando estabas
vos
y aquel perrito compañero que por tu ausencia no
comía al verme solo, el otro
día también me dejo. Si supieras... ...
... ...
(P. Contursi-G. Matos Rodriguéz)
Yira Yira
Cuando la suerte que es grela
fayando y fayando
te largue parao,
cuando estés bién en la via,
sin rumbo, desesperao.
Cuando no tengas ni fe,
ni yerba de ayer
secandose al sol.
Cuando rajés los tamangos
buscando ese mango que te haga morfar.
la indiferencia del mundo
que es sordo y es mudo
recién sentirás.
Verás que todo es mentira,
verás que nada es amor,
que al mundo nada le importa,
Yira, Yira.
Y aunque te quiebre la vida,
y aunque te muerda un dolor,
no esperes nunca una ayuda,
ni una mano, ni un favor.
Cuando estén secas las pilas
de todos los timbres
que vos apretás,
buscando un pecho fraterno
para morir abrazao.
Cuando te dejen tirao,
después de cinchar,
lo mismo que a mi.
Cuando manyés que a tu lado
se prueban las ropa
que vas a dejar,
te acordaras de este otario
que un dia, cansado,
se puso a ladrar.
Veras que todo es mentira...
Letra y musica: Enrique Santos Discepolo
ME DA PENA CONFESARLO
Nace el hombre en este mundo
remanyao por el destino,
y prosigue su camino
muy confiado del rigor,
sin pensar que la inclemencia
de la vida sin amor
va enredando su existencia
en los tientos del dolor.
Pero llega a que un momento
se da cuenta de su suerte,
y se amarga hasta la muerte
sin tener ya salvación,
pues comprende que la vida
fue tan sólo un metejón
al perder la fe querida
de su pobre corazón.
Me da pena el confesarlo,
pero es triste, ¡qué canejo!,
el venirse tan abajo,
derrotado y para viejo.
No es de hombres lamentarse,
pero al ver cómo me alejo,
sin poderlo remediar,
yo lloro sin querer llorar.
Si no fuera que el recuerdo
de mi madre tan querida
me acollara en esta vida
con sentida devoción,
no era yo quien aguantaba
esta triste situación,
ni el que así se contemplaba
sin abrirse el corazón.
Pero hay cosas, compañero,
que ninguno las comprende;
uno a veces se defiende
del dolor para vivir,
como aquél que, haciendo alarde
de coraje en el sufrir,
no se mata de cobarde
por temor de no morir.