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Miti, el gato de dos patas

Nací en primavera en un maravilloso mundo verde y mullido, compartí infancia con unos hermanitos sanos y juguetones que no comprendían porque el chiquitín no podía acompañarles en sus juegos. Mamá me cuidaba como solo sabe hacerlo una gata y procuraba mi bienestar. En mis recuerdos se mezclan la alegría de vivir y el dolor intenso de mis martirizadas patitas. Porque yo solo tenía dos patas, las delanteras, las de atrás no eran más que un remedo de lo que fueron cuando nací y que me fueron parcialmente arrebatadas no sé cómo ni cuando.
Una mañana de sol decidí salir a explorar por mi cuenta, alejándome de la seguridad de la familia y del refugio, tuve la mala suerte de toparme con un humano cruel y sanguinario que pretendía eliminarme porque según su visión de la vida “los gatos estropean las plantas del jardín”. Me escondí en el hueco más chiquito que encontré, entre un rosal enmarañado y la pared. Allí estuve quietecito hasta que unas manos me agarraron y me sacaron a la fuerza de mi escondite. Me defendí bufando y arañando, pero la persona que me cogió en vez de asustarse o maltratarme me acurrucó en sus brazos y me llevó a otro mundo diferente.

Efectivamente, un sábado por la mañana saqué a Miti de detrás de un rosal. No tenía las patas traseras completas, le faltaba más de la mitad y los muñones estaban ensangrentados. Se le notaba el susto en el cuerpo y aunque él creyese que su bufido inspiraba terror más bien daba lástima, tan tembloroso como estaba. Fuimos al veterinario del barrio y le curaron las heridas. Mi vecina lo llevó al veterinario de un centro de acogida donde su novio es voluntario a ver si encontraban alguna solución. Fue desparasitado y analizado resultado estar más sano que una manzana y sin una sola pulga. La solución que se nos ofreció fue sacrificarlo ya que no veían la forma de arreglar las patitas y nunca sería un gato feliz. Mi marido todavía decía que no quería gatos en casa, pero después de verlo de cerca y tenerlo en sus brazos se le escapó un nombre para el pequeño: Miti, en ese momento supe que el gato se quedaba. La verdad es que estos dos amigos buscaron tanto por la red como por conocidos alguna forma de ayudar. No encontramos nada que nos pareciera cómodo para él que tenía que pasarse muchas horas solo mientras nosotros nos ganábamos el sustento para los tres.
La primera semana la pasó en el cuarto de baño por decisión propia, allí colocamos su camita, agua, comida y la caja de la arena. Le visitábamos de vez en cuando para que se acostumbrara a voces y olores, no quería saber nada de nosotros, se escondía y nos bufaba. Hasta que un buen día, estábamos en el salón y le vemos aparecer por la puerta, cargando todo su peso sobre las patas delanteras y llevando medio cuerpo en el aire, iba despacito, pero con seguridad. Se acerco a nuestros pies y nos pidió brazos. A partir de ese día el cambio fue radical, mimos, mimos y más mimos, ronroneando a todo volumen cada vez que le poníamos la mano encima. Soportando las curas de sus muñones cada vez que entraba en la arena y se le abrían las heridas. Probamos todas las arenas del mercado y con la aglomerante la cosa fue mejorando.
Como ya no estaba recluido en el baño hubo que diseñar un cuarto de juegos adecuado para él. Colchonetas suaves por las que correr y un montón de juguetes entretenidos. Le hice unos pantalones acolchados, pero dijo que me los pusiera yo. Le vendamos los muñones cuando peor los tenía, pero se arrancaba las vendas a mordiscos. En el sofá era feliz porque podía correr a sus anchas, siempre vigilado no se fuera a caer. Hasta que un día sucedió lo inevitable, se cayó. Los muñones volvieron a abrirse, la arena aglomerante se pegaba en las heridas y era un suplicio quitársela. No conseguíamos que cicatrizara por mucha pomada que nos recetó el veterinario. Cuando el muñón izquierdo se infectó y empezó a agujereárselo a mordiscos decidimos que así la cosa no podía seguir.

Nuestros veterinarios, consultaron con especialistas, le habían tomado mucho cariño a Miti y querían que saliera adelante. Al final fuimos a la clínica de un traumatólogo que nos explicó el proceso que pretendía seguir con él. Se operarían las dos patas a la vez, extrayendo todo el hueso que hubiera por debajo de la primera articulación y utilizando sus meniscos y grasa para que actuaran de cojín, como en la barriga hay bastante pellejo tirarían un poquito y cubrirían todo con piel esperando que creciera el pelo. Todo esto sin garantías ya que la convalecencia iba a ser muy dura y era la primera vez que se hacía algo así. Nos dieron tiempo para pensarlo, no nos dejaron contestar hasta que pasó una semana y lo habíamos hablado.
Fueron cuatro horas de quirófano. Cuando nos lo dieron casi se me cae el alma a los pies. Pobre, tan pelado, con unos costurones tremendos, daba unos gritos terribles, odiaba el collar isabelino, casi se arranca las uñas al intentar quitárselo. Le dejaron la vía puesta para inyectar antibióticos y sedantes. Le preparamos una caja grande acolchada con muletón para que hiciera sus necesidades sin salir de allí, nada de arena hasta quitarle los puntos, en principio el día 25 de octubre. Solamente nos dio una mala noche, la primera, que se la pasó aullando de dolor, dormí con él para tranquilizarlo y parece que dio resultado. Lo peor era inyectarle, era el puente del Pilar y la clínica estaba cerrada, me ensañaron a hacerlo, pero acabó con un edema en la pata tremendo y no se dejaba tocar, nuestro veterinario vino de urgencia el domingo a quitarle la vía y darnos medicación por boca.
A la semana de la operación se le empieza a poner rara la pata derecha. Se le abre una herida y empieza a supurar. Nos tememos lo peor. La izquierda tiene un aspecto estupendo. A los doce días empieza a expulsar los puntos internos de la pata derecha, hay infección, supura. Grita mucho cuando le curamos y ya está harto de pastillas y pinchazos. Hablamos muy en serio con los veterinarios y nos damos un plazo, nos parecía horrible tener al gato sufriendo si no iba a resultar, según nos comentan los veterinarios el postoperatorio es de 30 días. Decidimos darle más margen y nos ponemos como tope el 30 de noviembre. Se retrasa la retirada de los puntos.
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