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TINO

Yo me llamo Cristino, aunque como parece un poco largo, me llaman Tino. Nací el 3 de abril de 2003 en Sant Cugat del Vallés. ¡Ah! Y yo sí acudo a las llamadas de Cereza.

Llegué a esta casa por casualidad.
Un compañero de trabajo de Cereza iba a independizarse y quería adoptar a un gatito. Cereza lo comentó un día con una amiga, Cristina. Ella le dijo que precisamente en casa de su madre habían nacido unos michines preciosos. La gata era una callejera a quien la madre de Cristina daba de comer. No era la primera vez que paría en su casa. En esta ocasión nacimos dos machos y una hembra. Cristina le dijo a Cereza que le enviaría a ese chico unas fotos de los gatitos, por si quería alguno. Y que de paso se las enviaría también a ella para que los viera. Cuando llegaron las fotos, Cereza estaba en Cádiz. Su costillo le llamó:

Costillo.-¿Has visto las fotos de Cris? Hay un gatito de rayas que es monísimo. ¿Que te parece si nos lo quedamos?

Cereza.- ¡Pues qué me va a parecer! ¡Fantástico!


Y así se decidió mi destino.




Una mañana llegaron a la que hasta entonces había sido mi hogar, Cereza y su costillo. Me metieron en un transportín y me llevaron a su casa. El viaje no me gustó nada. Fui maullando todo el camino.

Al llegar, dejaron el transportín en el suelo del comedor. Pronto ví aparecer a un gato grandote y rubio. Cuando me vió sacó de su garganta sonidos que jamás había oído. Creo que no le gusté. Pero como me abrieron la puerta del transportín, salí.

Cereza me puso sobre el sofá. Yo no me atrevía a moverme. Ella me acercaba algo de comida y se mojaba los dedos para que yo bebiera. Ella parecía más asustada que yo por mi quietud. Pasé la noche allí, quietecito, sin moverme. Pero por la mañana pensé que ya había llegado la hora de cotillear por aquella casa nueva. Y salté del sofá. De repente, perdí la timidez y me convertí en todo un gatorrista.




En mi primera visita a Oscar, el señor de verde, nos dijeron que yo era como los ricos, que tenía de todo: pulgas, leve infección de oídos, resfriado... me pusieron un tratamiento. Cereza y su costillo tenían que estar unos días fuera de Barcelona y como yo estaba a medio tratamiento, me fui con ellos. 40 kms de maullidos al ir, 40 kms de maullidos al volver.

De nuevo en casa, me dediqué a explorar. Era un verano tremendamente caluroso, así que estaba la ventana abierta. Y salí. Cereza me vió y me llamó. Me di la vuelta para ver qué quería y de repente mis patas de atrás resbalaron. No sé qué me pasó. Me encontré en la calle, sentadito al lado de una tienda. Y pensé: no te muevas, seguro que en un segundo vienen a buscarte. Menos de un segundo tardó Cereza en salir a la calle. Me cogió con mucho cuidadito. Como era de noche, Oscar no estaba, pero a la mañana siguiente me llevó a verle. Me hizo fotos de esas que sales por dentro y dijo que todo estaba perfecto. Tuve mucha suerte.

Una noche, cuando el costillo ya se había metido en la cama, Cereza me buscó. Y no me encontraba. Yo estaba muy a gusto en un lugar oscuro y fresquito, lleno de olores apetitosos. Cuando ella me encontró me dijo que estaba loco, que a quién se le ocurría meterse en la nevera. Yo no quería salir, ella me obligó. Me cogió en brazos y dijo que tenía las patas heladas. Apenas estuve 5 minutos, y la verdad es que me gustó. Aún me gusta meterme ahí, aunque ella siempre me riñe cuando lo intento.

Siempre he sido un gamberrete. Me gusta perseguir a Kimet. Y me escondo para darle sustos. Me divierte mucho morder cables y jugar al gato-perro. Me ha cargado las cortinas, escondo todo lo que puedo, soy un ladrón genial, y me encanta salir de excursión cuando Cereza y el costillo abren la puerta. Lo dicho,

Soy un tremendo gatorrista